Análisis de ADN mitocondrial extraído de un chal hallado en la escena del crimen de 1888 permitió identificar al probable autor de los asesinatos atribuidos a Jack el Destripador.

Durante más de un siglo, Jack el Destripador fue un fantasma sin rostro que aterrorizó el Londres victoriano y dejó tras de sí una estela de horror imposible de cerrar.
Hoy, 137 años después de los crímenes de Whitechapel, la ciencia forense moderna ha logrado lo que la policía del siglo XIX no pudo: señalar con fuerza a un único hombre.
Su nombre era Aaron Kosminski.
El giro decisivo de la investigación no ocurrió en una comisaría ni en un tribunal, sino en una casa de subastas en 2007.
Allí, Russell Edwards, escritor y detective aficionado obsesionado durante años con los asesinatos, adquirió un objeto que muchos expertos consideraban irrelevante: un chal de seda victoriano, manchado y deteriorado por el tiempo.
Según su historia, la prenda fue recogida en la escena del asesinato de Catherine Eddowes, una de las víctimas canónicas, la noche del 30 de septiembre de 1888.
Edwards vio en aquel trozo de tela algo que los investigadores victorianos jamás pudieron imaginar: ADN.
A pesar de los más de 120 años transcurridos, el chal conservaba restos biológicos visibles.
Para analizarlos, acudió al genetista Jari Louhelainen, de la Universidad John Moores de Liverpool, especialista en muestras antiguas y degradadas, un terreno que muchos científicos consideran casi imposible de trabajar.
El equipo centró su análisis en el ADN mitocondrial (mtDNA), un tipo de material genético que se hereda exclusivamente por vía materna y permanece prácticamente inalterado durante generaciones.
Esta característica permitía comparar los restos hallados con descendientes vivos por línea femenina, incluso más de un siglo después.

El primer paso fue comprobar si el chal había estado realmente en la escena del crimen.
Los investigadores localizaron a un descendiente por línea materna de la hermana de Catherine Eddowes y compararon su ADN con el extraído de las manchas de sangre del tejido.
El resultado fue concluyente: coincidían.
El chal era auténtico y había estado empapado con la sangre de la víctima aquella noche de 1888.
Pero el hallazgo más inquietante llegó después.
Mezclados con la sangre aparecieron otros rastros biológicos, compatibles con semen, atribuidos al agresor.
Aquella huella genética abría por primera vez la posibilidad real de identificar al asesino.
Los científicos compararon ese ADN con el de un descendiente vivo por línea materna de la hermana de un sospechoso histórico que figuraba en los archivos policiales desde el inicio de la investigación.
El resultado fue positivo.
Tras 137 años de especulación, el análisis apuntaba a un solo hombre.
“The name is Aaron Kosminsky”, se escuchó con sobriedad, sin dramatismo, cuando se conocieron los resultados.
Aaron Kosminski no encajaba con las teorías más populares.
No era un aristócrata, ni un cirujano brillante, ni un miembro de la realeza.
Era un inmigrante judío polaco de 23 años que trabajaba como barbero en el corazón de Whitechapel.
Había llegado a Londres huyendo de los pogromos del Imperio ruso y vivía exactamente en la zona donde se cometieron los asesinatos.

Los registros contemporáneos describen a Kosminski como una persona gravemente enferma.
Investigadores y psiquiatras modernos coinciden en que sufría esquizofrenia paranoide, con alucinaciones auditivas y episodios de violencia.
Según los propios agentes de la época, manifestaba “un gran odio hacia las mujeres” y tendencias homicidas.
Esto no es una reinterpretación moderna: era la opinión de quienes lo investigaron en su momento.
El entonces jefe de la investigación, el inspector Donald Swanson, dejó una anotación privada que no saldría a la luz hasta décadas después.
En los márgenes de unas memorias escribió que el culpable era “Kosminski”, que había sido internado en un manicomio y que murió allí.
Aquella confirmación nunca se hizo pública, pero revela que la policía creía haber identificado al asesino.
El contexto explica por qué nunca fue arrestado.
En 1888 no existía la ciencia forense moderna.
No había huellas dactilares, análisis de sangre ni protocolos de preservación de escenas del crimen.
Los lugares eran contaminados en minutos por curiosos y periodistas.
Las descripciones de testigos eran contradictorias y la niebla espesa de Londres hacía imposible identificar con claridad a nadie.
Incluso cuando apareció una de las pocas pruebas físicas, una frase escrita con tiza cerca del lugar del asesinato de Eddowes que decía: “The Jews are the men that will not be blamed for nothing”, el miedo a disturbios antisemitas llevó a las autoridades a borrarla antes de documentarla.
Otra oportunidad perdida.

En 1891, la familia de Kosminski logró internarlo en el asilo de Colney Hatch.
A partir de ese momento, los asesinatos cesaron.
Él permaneció institucionalizado hasta su muerte en 1919.
La coincidencia temporal refuerza un patrón que, junto al ADN, el perfil psicológico, la localización geográfica y los testimonios policiales, resulta difícil de ignorar.
Los investigadores que publicaron los resultados en 2019 fueron cautelosos.
Reconocieron las limitaciones de trabajar con muestras antiguas y la posibilidad de contaminación, pero concluyeron que la evidencia apoyaba firmemente la identificación de Aaron Kosminski como la fuente del ADN hallado en el chal.
La revelación no solo pone nombre al asesino, sino que despoja al mito de su romanticismo.
Jack el Destripador no fue un genio criminal, sino un hombre enfermo que se movía con facilidad en uno de los entornos más miserables del Londres victoriano.
Whitechapel, con su pobreza extrema, su hacinamiento y su oscuridad permanente, fue el escenario perfecto para que pasara desapercibido.
La niebla que ocultó al Destripador durante más de un siglo comienza a disiparse.
La ciencia no ofrece certezas absolutas en casos tan antiguos, pero sí la respuesta más sólida que la historia probablemente obtendrá jamás.
Y esa respuesta, hoy, tiene nombre y apellido: Aaron Kosminski.
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