Rubén Olivares Sávila, conocido mundialmente como “El Púas”, es una de las figuras más emblemáticas y legendarias del boxeo mexicano y mundial.

Nacido en 1946 en un barrio humilde de la Ciudad de México llamado La Bondojito, Olivares no solo conquistó cuatro campeonatos mundiales en dos categorías diferentes, sino que también se convirtió en un símbolo de perseverancia, talento y humildad.
Su historia es mucho más que la de un campeón; es la de un hombre que luchó contra la pobreza, la tentación y las dificultades para alcanzar la gloria y enfrentar, al final, las duras realidades que acompañan a muchos deportistas tras su retiro.
Rubén Olivares creció en un entorno donde el respeto se ganaba a través de la fuerza y la valentía.
Desde niño, aprendió el oficio de tallador de madera, un trabajo artesanal que desarrolló con sus propias manos, y también trabajó en una tortillería para ayudar a su familia.
En La Bondojito, un barrio duro y polvoriento, el boxeo era más que un deporte: era una forma de vida, una manera de demostrar quién era cada persona y de abrirse camino en un mundo difícil.
Con apenas 12 años, Olivares comenzó a entrenar en un gimnasio modesto, sin lujos ni comodidades, guiado por entrenadores con experiencia y pasión por el ring.
A los 17 años debutó como profesional y desde entonces su carrera fue meteórica.
En su primera pelea profesional, logró un nocaut en el primer asalto, presagiando la fuerza y el talento que lo caracterizarían.
Durante su carrera, Olivares acumuló un récord impresionante de 79 nocauts en 105 peleas profesionales, un número que lo posiciona como uno de los mejores pegadores en la historia del boxeo mundial.
Su estilo combinaba una pegada natural y devastadora con una inteligencia casi sobrenatural para leer a sus oponentes y atacar con precisión quirúrgica.

Su apodo, “El Púas”, surgió de su característico cabello erizado, que en su infancia lo hacía único.
Pero pronto, ese nombre se volvió sinónimo de un boxeador temido y respetado, capaz de dominar en el ring con una combinación de fuerza, velocidad y estrategia.
Olivares conquistó su primer título mundial en 1969 al noquear a Lionel Rose en el Forum de Inglewood, California, en apenas cinco rounds.
Este triunfo no solo le valió la corona mundial de peso gallo, sino que también unió a miles de mexicanos que vieron en él un héroe que representaba sus sueños y su lucha.
A lo largo de su carrera defendió su título en múltiples ocasiones y protagonizó épicas rivalidades, especialmente con otro gran boxeador mexicano, Jesús “Chucho” Castillo.
Sus tres peleas se consideran clásicos del boxeo mexicano, marcadas por la intensidad, la técnica y la pasión que ambos contendientes pusieron en cada combate.
Además, Olivares fue pionero al convertirse en el primer mexicano en ganar campeonatos mundiales en dos divisiones principales: peso gallo y peso pluma.
Su legado abrió el camino para generaciones futuras de boxeadores mexicanos.

A pesar de su éxito en el ring y de haber ganado más de dos millones de dólares durante su carrera (una fortuna en la época), la vida fuera del boxeo fue mucho más complicada para Olivares.
Sin asesoría financiera ni apoyo profesional, el dinero se fue rápidamente en fiestas, préstamos a amigos y familiares, malas inversiones y el costo de mantener un estatus de campeón que lo vinculaba con su barrio y su gente.
Además, enfrentó problemas con el alcohol, que afectaron su rendimiento en algunas peleas y contribuyeron a la pérdida gradual de su dominio en el ring.
A pesar de estas dificultades, Olivares siempre mantuvo su dignidad y su amor por el deporte, y nunca se vendió ni aceptó propuestas para perder peleas intencionalmente.
Con el paso del tiempo, el cuerpo de Olivares comenzó a resentir el desgaste de más de 100 peleas profesionales y de años de castigo físico.
Las derrotas se hicieron más frecuentes y su retiro llegó de manera silenciosa tras una última pelea en 1988.
Sin embargo, lejos de desaparecer, “El Púas” regresó a su barrio, La Bondojito, donde abrió una academia de boxeo para enseñar a las nuevas generaciones.
También retomó su oficio de tallador de madera, creando obras como una versión de “La Última Cena” donde los apóstoles llevan guantes de boxeo, un símbolo de su vida y su legado.
Rubén Olivares ha sido reconocido internacionalmente, incluido su ingreso al Salón de la Fama del Boxeo en Canastota, Nueva York.
A pesar de las dificultades económicas y personales, siempre ha mantenido un sentido del humor y una sabiduría de barrio que lo hacen aún más grande.

Su frase más famosa, “Me quedan más aplausos que dinero”, resume la realidad de muchos deportistas que alcanzan la cima sin tener las herramientas para manejar el éxito fuera del ring.
Su historia es un llamado a reconocer no solo el talento y los títulos, sino también la humanidad y las luchas que hay detrás de un campeón.
Rubén “Púas” Olivares es, sin duda, una leyenda que trascendió el boxeo para convertirse en un símbolo de México, un hombre que nunca olvidó de dónde vino y que dejó una huella imborrable en la historia del deporte.
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