Ringo Starr, conocido mundialmente por su sonrisa amable y su papel como baterista de The Beatles, vivió una vida marcada por heridas emocionales que rara vez confesó públicamente.

Detrás de su imagen de paz y humor, se escondía una amargura profunda, especialmente hacia alguien que en un tiempo fue casi como familia para él.
La historia de esta traición revela una faceta desconocida de Ringo y nos invita a verlo desde una luz completamente diferente.
Richard Starkey, más conocido como Ringo Starr, nació en Liverpool durante la Segunda Guerra Mundial.
Su infancia estuvo marcada por graves problemas de salud: a los seis años sufrió peritonitis, que casi le cuesta la vida, y a los 13 años pasó dos años en un sanatorio debido a la tuberculosis.
Estas experiencias lo dejaron retraído, rezagado en la escuela y con una sensación persistente de inseguridad, sintiendo que sus compañeros eran más inteligentes, fuertes y talentosos.
Lo que salvó a Ringo fue un pequeño tambor que le regalaron las enfermeras, un instrumento que se convirtió en su refugio, su sueño y finalmente en su salvación.
En los primeros años de los 60, The Beatles tenían energía pero carecían de una base rítmica sólida.
Ringo, ya un baterista respetado en Rory Storm and the Hurricanes, fue llamado para reemplazar a Pete Best en agosto de 1962.
Aunque los fans lo aceptaron inmediatamente, la industria musical y la crítica no compartieron el mismo entusiasmo.
Fue ridiculizado como el baterista más afortunado y menos talentoso antes incluso de demostrar su valía.
Dentro de la banda, Ringo era consciente de la jerarquía: John Lennon y Paul McCartney eran los genios compositores, George Harrison el guitarrista talentoso pero frustrado, y él, el “nuevo”, el que debía mantener el ritmo, sonreír y cantar algunas canciones ligeras, pero sin protagonismo real.
Un momento humillante fue la grabación de “Love Me Do”, cuando el productor George Martin trajo a un baterista de sesión porque no confiaba en Ringo.
Esta humillación quedó grabada en su memoria y sembró una semilla de inseguridad que crecería con el tiempo.

Entre todos los miembros de The Beatles, la herida más inesperada para Ringo fue la causada por George Harrison.
George no era agresivo ni cruel, sino que su herida fue el silencio y la distancia creciente que fue marcando la relación entre ellos.
Al principio, George fue el confidente más cercano de Ringo dentro de la banda, ya que ambos compartían la experiencia de ser eclipsados por John y Paul.
Sin embargo, hacia finales de los 60, George se volcó a colaborar con músicos externos como Eric Clapton y Billy Preston, excluyendo a Ringo de sus proyectos más personales.
El golpe más doloroso fue cuando George invitó a Clapton a tocar el solo de guitarra en “While My Guitar Gently Weeps” en lugar de hacerlo él mismo, lo que Ringo interpretó como un mensaje de que incluso dentro de la banda, nadie era indispensable.
Ringo siempre admiró a John Lennon por su ingenio y liderazgo natural, pero la relación cambió radicalmente a partir de 1968 con la llegada de Yoko Ono.
Al principio, Ringo respetaba a Yoko como artista, pero pronto notó cómo su presencia se volvió dominante en las decisiones de la banda.
Una anécdota reveladora fue cuando Yoko criticó la forma de tocar la batería de Ringo durante una sesión, y John lo reprendió fríamente diciéndole que solo mantuviera el ritmo.
Esta actitud fría y distante de John fue una señal clara para Ringo de que ya no era visto como un igual.

La tensión llegó a un punto crítico cuando John defendió vehementemente a Yoko en una discusión con George, evidenciando que su lealtad estaba con su pareja y no con la banda.
Para Ringo, la pérdida no fue solo de un colega, sino de un líder y amigo en quien confiaba profundamente.
De todos los conflictos dentro de The Beatles, el más doloroso para Ringo fue con Paul McCartney.
Tras la muerte del mánager Brian Epstein en 1967, Paul asumió el liderazgo, pero su perfeccionismo y control excesivo generaron tensiones crecientes.
En el estudio, Paul exigía perfección hasta en los detalles más mínimos, y llegó a tocar la batería él mismo para mostrarle a Ringo cómo quería que fuera un ritmo.
Esto revivió la humillación de años atrás y llevó a Ringo a abandonar el estudio durante dos semanas, declarando que Paul ya no necesitaba un baterista.
Aunque con el tiempo su relación mejoró y Paul fue quien lo introdujo al Salón de la Fama del Rock en 2015, Ringo nunca olvidó ese sentimiento de ser reemplazable dentro de la banda.
Además de los conflictos internos, Ringo tuvo enfrentamientos con figuras externas que también alimentaron su amargura.
Jim Morrison, líder de The Doors, era para Ringo un símbolo de autodestrucción disfrazada de arte, lo que él despreciaba profundamente.

Peter Sellers, con quien trabajó en la película “The Magic Christian”, se mostró arrogante y despectivo con Ringo, reforzando la sensación de ser menospreciado.
Mick Jagger y Keith Moon también representaban para él tipos de personalidad y comportamientos que no podía soportar, desde el ego desmedido hasta el caos destructivo.
Sin embargo, la persona que Ringo realmente odiaba más que nadie no era un miembro de la banda, sino Alan Klein, el mánager que apareció después de la muerte de Epstein.
Klein prometió arreglar los problemas, pero en realidad explotó las divisiones internas para su beneficio.
Manipuló contratos, manejó mal el dinero y fomentó la desconfianza entre los Beatles, llevando a demandas legales y al colapso definitivo del grupo en 1970.
Ringo se arrepintió profundamente de haber confiado en él y lo vio como el símbolo de la traición que destruyó la familia que él había encontrado en la banda.
George Harrison llegó a decir que la única forma de que los Beatles volvieran a unirse era si Alan Klein desaparecía de la ecuación.
Para Ringo, esa herida nunca sanó.
La historia de Ringo Starr y sus heridas dentro de The Beatles nos muestra que detrás del brillo y la fama había relaciones complejas, dolorosas y a veces traicioneras.
Aunque Ringo siempre fue el rostro amable y la sonrisa constante, cargó con amarguras profundas causadas por quienes creía sus hermanos de música y vida.
Esta mirada íntima nos invita a reconsiderar no solo la leyenda musical, sino también la humanidad y vulnerabilidad de uno de los íconos más queridos del rock.
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