El 7 de agosto de 2007, en Polanco, Ciudad de México, murió un hombre que durante décadas fue el arquitecto invisible de las emociones y pasiones que millones de mexicanos vivían cada noche frente a sus televisores.
Ernesto Alonso, conocido para el público como “El Señor Telenovela”, dejó un legado monumental en la televisión mexicana, pero también una sombra de misterio, rumores y secretos que aún hoy inquietan a quienes lo conocieron y a quienes estudian su carrera.

Nacido en 1917 en Aguascalientes, México, Ernesto Alonso creció en un ambiente rígido, conservador y marcado por la disciplina.
Desde niño aprendió que el mundo premia a los que controlan, no a los sensibles, y esta lección lo acompañó toda su vida.
En su juventud, se trasladó a la Ciudad de México y entró al mundo del cine como actor, pero pronto se dio cuenta de que el verdadero poder no estaba frente a las cámaras, sino detrás de ellas.
Durante las décadas siguientes, Alonso aprendió con precisión quirúrgica cómo construir y destruir carreras, cómo manejar el poder en una industria cruel y despiadada.
Su obsesión por el control absoluto lo llevó a abandonar la actuación para convertirse en productor, donde podía dictar los tiempos, las historias y las personas que estarían bajo su mando.
En 1983, en un México profundamente católico, Ernesto Alonso decidió llevar a la pantalla un proyecto sin precedentes: “El Maleficio”.
Esta telenovela no solo narraba una historia de brujería, pactos y demonios, sino que lo hacía con una crudeza y realismo que provocaron protestas, temor y fascinación.
El demonio Bael, con un cuadro que misteriosamente no se mantenía colgado, se convirtió en el símbolo de una producción que trascendió la ficción.
Durante la filmación, ocurrieron incidentes extraños: luces que se apagaban sin explicación, micrófonos que captaban ruidos fantasmales, y actores que sentían una presencia inquietante.
Algunos incluso se negaban a actuar frente al cuadro del demonio, mientras que otros llevaban rosarios escondidos.
La atmósfera en el set se volvió densa, y aunque se intentó bendecir el lugar, la sensación de inquietud persistió.

Los rumores sobre Ernesto Alonso no se limitaron a la televisión.
Se habló de viajes a Catemaco, Veracruz, un lugar donde la fe católica convive con prácticas ancestrales de brujería.
Se dice que Alonso conoció a una mujer cubana, supuestamente bruja, con quien habría hecho un pacto para mantener su poder y control en la industria televisiva.
Aunque no existen pruebas concretas, testimonios de personas cercanas relatan ceremonias privadas, rezos no católicos y objetos rituales en su residencia, especialmente en un sótano al que pocos tenían acceso.
Este sótano, lleno de símbolos y figuras inquietantes, se convirtió en el centro de muchas especulaciones sobre la verdadera naturaleza del poder de Alonso.
La vida personal de Ernesto Alonso estuvo marcada por tragedias y conflictos.
No tuvo una familia tradicional, pero adoptó hijos con la intención de dejar un legado.
Sin embargo, la muerte de su hija Lupita en un accidente automovilístico fue un golpe devastador que lo volvió más hermético y obsesivo.
Su relación con su hijo adoptivo Juan Diego también se fracturó, especialmente tras una separación conflictiva marcada por la intervención de Teresa Anaya, exnuera de Alonso, con quien el productor tomó partido, alejando a Juan Diego definitivamente.
Estas rupturas familiares reflejan el precio personal que pagó un hombre cuyo poder parecía inquebrantable en lo profesional, pero frágil en lo íntimo.

Ernesto Alonso murió en silencio, sin escándalos públicos ni confesiones tardías.
Su funeral fue sobrio, rodeado de figuras importantes de la televisión, pero también cargado de miradas esquivas y silencios incómodos.
La persona que estuvo a su lado en sus últimos años fue Teresa Anaya, quien administró su legado y cerró muchas puertas, manteniendo el misterio.
Años después de su muerte, la tecnología permitió que su imagen regresara a la pantalla mediante inteligencia artificial, recreando su rostro para interpretar nuevamente personajes oscuros, como si su sombra no quisiera desaparecer.
La historia de Ernesto Alonso es un enigma que mezcla talento, poder, miedo y oscuridad.
Su obsesión por el control absoluto lo llevó a construir imperios narrativos que marcaron la televisión mexicana, pero también a vivir rodeado de secretos y tragedias personales.
El maleficio no fue solo una telenovela, sino un punto de quiebre que abrió una puerta oscura en la cultura popular.
Hoy, su nombre sigue evocando preguntas sobre los límites del poder y la responsabilidad de quienes convierten el mal en espectáculo.
Ernesto Alonso, el “Señor Telenovela”, fue un genio y un misterio, un hombre que dominó la televisión y pagó un precio silencioso por ello.
Su historia nos invita a mirar la oscuridad sin miedo, a cuestionar lo que vemos y a entender que detrás de cada éxito puede esconderse un pacto con lo desconocido.
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